miércoles, 6 de octubre de 2010

Reseña: "La Nueva Babilonia. Cine en concierto"


El pasado fin de semana, en la sala Nezahaulcóyotl, la UNAM festejó el 50 aniversario de su Filmoteca con el programa “La nueva Babilonia. Cine en concierto”. Se proyectó la película que con ese título hicieron los cineastas soviéticos Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg en 1928, al tiempo que la OFUNAM (bajo la batuta de Rodrigo Macías) interpretaba la música compuesta por Dmitri Shostakovich para el filme. Fue una muy buena oportunidad de acercamiento al mundo del cine mudo, en una época en que imagen y sonido eran planeados como parte de una obra integral a pesar de las limitaciones del formato.
La nueva Babilonia narra la historia de la Comuna de París en 1870-71, cuando la ciudad, abandonada por el ejército francés, fue defendida por sus habitantes ante al asedio de las tropas prusianas. Este periodo, a lo largo del cual el gobierno de la Comuna decretó la expropiación de las fábricas y otras medidas radicales, ejerció gran fascinación entre los entusiastas del régimen soviético de los primeros años, al ser visto como un antecedente de la implantación del comunismo. Por ello no sorprende que Kozintsev y Trauberg hubieran decidido hacer una película al respecto, ni que para su realización tuvieran al alcance los recursos de la maquinaria propagandística oficial. Y por esto último es también entendible la división extremadamente maniquea de los personajes —los burgueses autocomplacientes, inconscientes y egoístas; los obreros laboriosos, solidarios y generosos.
“La nueva Babilonia” es el nombre de un local parisino donde se venden artículos de moda y se presentan destrampados burlesques. Es frecuentado por políticos, ebrios pomadosos y mujeres fáciles. Allí trabaja Louise, quien por más insinuaciones que recibe se rehúsa a formar parte de la última categoría. Cuando la guerra (espectáculo al que los burgueses han asistido gustosos y despreocupados) deviene en desastre, quienes sufren son los trabajadores. Louise es despedida, y al regresar con sus familiares y compañeros de clase se suma a la defensa de la ciudad. Se convierte en una férrea líder. Cuando finalmente el ejército imperial francés retorna a la ciudad y disuelve el gobierno de la Comuna, Louise es una de las miles de víctimas de la represión. En un último y previsible giro, un oficial le ofrece su salvación a cambio de un favor sexual; ella lo rechaza con estruendo, y prefiere morir con su honra intacta.
Mas allá de su carácter propagandístico, el filme recompensa al espectador contemporáneo con un número no pequeño de virtudes. Yelena Kuzmina entrega como Louise una actuación expresiva y conmovedora, y al mismo tiempo desprovista de los excesos a que su época era tan propensa. Hay encuadres bellísimos del París desolado, en los que se nota la influencia directa de Eisenstein como maestro de los realizadores. Y está, claro, la partitura de Shostakovich.
Cuando compuso la música para La nueva Babilonia, Dmitri Shostakovich había ya trabajado varios años como pianista en una sala de cine; había estudiado piano y composición en la escuela más prestigiosa de Rusia, y había asombrado al mundillo musical soviético con su Primera Sinfonía, cargada de humor y en la que dejaba oír su preferencia por la orquestación audaz e imaginativa. Aunque contaba apenas 22 abriles y éste era su primer soundtrack en forma, no era ningún novato en cuanto a la relación de la música con las imágenes cinematográficas. Y algo de bueno debió de ver en la experiencia, porque prácticamente hasta su muerte no dejó de componer para la pantalla.
Shostakovich escogió una orquesta pequeña, pero variada. Una bien dotada batería de percusiones comparte foso con dos trompetas, dos trombones, dos cornos y un piano. También hay una respetable sección de cuerdas, y las maderas (particularmente el clarinete y el fagot) tienen un papel prominente. La música acompaña eficazmente a la acción en pantalla, y cuando se trata de reírse de los burgueses el compositor está como pez en el agua. Para las escenas del burlesque parisino toma prestado el famoso Can can de Offenbach; pero hace que un trasnochado trombón lleve la melodía, y así lo convierte en una danza torpe y más decadente aún. Y la gracejada mayor viene con un alarde de patriotismo burgués: los ricos cantan La Marsellesa, pero después de un rato se aburren; entonces, mientras los metales siguen con los acordes marciales del himno, las cuerdas insinúan por lo bajo otra vez el frenético Can can.
También en las escenas dramáticas Shostakovich logra momentos memorables. En una pequeña tregua en medio de la cruenta batalla por París, un miliciano se sienta al piano. El compositor silencia entonces a toda la orquesta, y el piano solo se ensimisma en una melancólica y dolorosa reflexión.
Las funciones del 2 y 3 de octubre en la Nezahualcóyotl estuvieron muy bien logradas. Los integrantes de la OFUNAM solventaron los desafíos de una partitura demandante, y Rodrigo Macías consiguió que el diálogo entre música e imagen nunca dejara de ser fluido. Francamente, este experimento nos deja con muchas ganas de otros similares: ahora que las salas cinematográficas ya no son tan grandes como para tener un foso, no está mal que las de conciertos adopten pantallas con imágenes en movimiento. Por que la música y el cine hacen muy buena pareja, y al menos nosotros no cambiaremos nunca el sonido de una orquesta en vivo por todas las maravillas del surround.

1 comentario:

Pato dijo...

Excelente reseña!